13.3.07

Anamnesis


Recuerdo que un día en el autobús, teniendo yo unos 6 años, mi madre me hizo levantarme de uno de esos incomodí- simos asientos de madera, para que dejara sentarse a un hombre que tampoco es que fuera excesivamente mayor, quizás de unos 60, que encima era feo con avaricia. Teniendo en cuenta lo insufrible que resulta para un ser de un metro de altura soportar los vaivenes del vehículo y los empujones de sus ocupantes, la experiencia me sentó como un tiro en lugar de despertar en mí siquiera un atisbo de altruismo. Pero la puntilla llegó cuando mi madre y el infecto e imperfecto interfecto comenzaron una conversación que versaba sobre mi persona. Mi madre decía que yo era muy nervioso, muy aplicado en el colegio, mi nombre, mi fecha de nacimiento,... vamos, que si llego a estar en Somalia hubiese pensado que quería venderme. El hombre, por su parte, soltó la lindeza de que, con "mis características" nunca sería un buen estudiante y jamás haría una carrera. Hace una década que acabé mi diplomatura y espero que haga ese tiempo que murió ese hombre o que alguna enfermedad discapacitante le haya obligado a no poder traumatizar a nadie más.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Me sucedió algo parecido. En mi caso el engendro generador de traumas infantiles fue la dependienta de una tienda de ropa.

Peluchico dijo...

Hay mucha persona mala por el mundo, hijo mío. Y sí, soy rencoroso. Y lo peor es que no me arrepiento. Quizás tenga la culpa mi inconmensurable memoria, que me permitió acabar la susodicha carrera sin hacer ningún esfuerzo. Vaya mierda de sistema académico que tenemos.
Por cierto, cuando quieras quedamos para darte el visto bueno sobre tu pareja. jur jur

Seguidores