
Bajo ningún concepto compréis bolitas de naftalina en los Todo a 100 de los chinos. Se me ocurrió hacerlo el otro día y por poco tenemos que mudarnos. Muy alegremente, el día cumbre de mi resfriado pensé que, como se acercaba la primavera, era buena hora de abrir la bolsa de bolitas que previamente habíamos comprado. Puse una en cada puerta de armario y en cada cajón de la casa donde hubiese ropa o mantas. El día transcurrió sin problemas -salvo por un extraño dolor de cabeza que se me había instalado en la sesera- hasta que llegó mi mujer. Lo primero que me dijo es si no notaba yo el hediondo olor de la casa. Como los mocos me taponaban esa posibilidad le respondí que nanai. Después de ventilar no encontraba ella explicación al horrendo aroma. Por fin abrió un cajón y descubrió la causa. Nos costó mucho tiempo encontrar cada una de las bolitas que, en mi ignorancia, había lanzado en el interior de los muebles. Cada vez que abríamos alguno y notábamos una emanación del averno en el apéndice nasal, sabíamos que quedaba una de esas apestosas y mareantes enemigas blancas. Tras días de ventilaciones y ambientadores hemos logrado alejar la plaga de Oriente. Sirva el texto como advertencia.
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