26.2.07

Cala de resurrección


Mi abuelo Guillermo era especial: gruñón y rabietas a la par que noble y galante. Inventó un tipo de telar del que luego otro aprovechó la patente. Le tocó una vez la quiniela y como el cupón estaba defectuoso no se lo admitieron. Trabajó en mil cosas, desde pintor hasta miembro de la clá del teatro. No tuvo mucha suerte ni para morir. Se lo llevó un cáncer después de meses de sufrimiento.
Pero esa fue la segunda vez que moría; esa fue su dosis de buena suerte.
La primera aconteció cuando era niño. Un día se lo encontraron muerto, en el suelo. Le dieron la extrema unción y le hicieron la prueba de las cerillas y todo, consistente en poner cerillas en las uñas de los pies y prenderlas fuego. Así de eficaces eran los métodos de entonces. El caso es que cuando mi bisabuela fue a apartar una maceta con una cala para que entraran la caja los de la funeraria, se le cayó al suelo haciéndose añicos. Mi abuelo, con el estrépito se incorporó en la cama, para susto de las plañideras congregadas. Tenía catalepsia, lo supieron años después, cuando a mi tío Fernando -hijo suyo- le sucedió algo parecido. Por eso, la familia de mi madre venera esta planta. Y por eso los descendientes de mi abuelo Guillermo no sabemos cuántas vidas tenemos por delante.

1 comentario:

hangthedjhavuelto dijo...

Vaya historia. Creo que eso de la catalepsia en tu caso se ha saltado una generación. A no ser que te de un día que te pases 48 horas sin dormir...

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